Kilómetros de vuelta: cuando Resurrection Fest termina de verdad
Domingo 5 de julio de 2026
Por Álvaro Carlier, fotógrafo musical
Hay una idea equivocada que se repite mucho cuando se habla de festivales. La mayoría de la gente piensa que terminan cuando acaba el último concierto. Cuando se apagan las luces. Cuando el público abandona el recinto. Cuando el escenario queda vacío.
Pero para quienes trabajamos dentro de ellos, especialmente para quienes los documentamos desde detrás de una cámara, la realidad es diferente. El Resurrection Fest no termina el sábado por la noche. Termina al día siguiente. Y a veces ni siquiera entonces.
El despertador más temprano de la semana
Después de cuatro días de conciertos, miles de fotografías, kilómetros recorridos dentro del recinto y jornadas que terminan mucho más tarde de lo que el cuerpo considera razonable, llega el domingo. Y llega temprano. Muy temprano. No es una mañana para dormir hasta tarde.
No es una mañana para pasear por Viveiro. No es una mañana para disfrutar de la tranquilidad después de la tormenta. Es una mañana de carretera. Mientras la ciudad todavía se está despertando, yo ya estoy preparando las últimas cosas para volver a Madrid.
Y siempre me llama la atención el contraste. La noche anterior todo era ruido. Miles de personas. Escenarios gigantes. Música. Luces. Movimiento constante. Ahora solo queda silencio.
El último desayuno en Viveiro
Hay algo simbólico en el último desayuno. Porque sabes que ya está. Que el festival ha terminado. Que la semana por la que llevas meses trabajando ya forma parte del pasado.
Mientras desayuno suelo pensar poco. O quizá pienso demasiado. Depende del año. Hay ediciones en las que repasas mentalmente conciertos concretos. Otras veces recuerdas fotografías. O conversaciones. O simplemente te quedas observando cómo la ciudad empieza a recuperar poco a poco su ritmo habitual.
Porque Viveiro también cambia cuando termina el Resurrection Fest. De repente desaparece una parte importante del ruido que la acompaña durante esos días. Y esa transformación siempre resulta curiosa de observar.
Cargar el coche por última vez
Después llega uno de los rituales menos glamourosos de toda la semana. Recoger. Guardar. Ordenar. Cargar. El equipo fotográfico. Las maletas. Los cargadores. La ropa. Todo vuelve a ocupar su sitio.
Y aunque pueda parecer una tarea simple, tiene algo de cierre. Porque cada objeto que vuelve al coche representa una parte de la semana que acaba de terminar. Las cámaras ya no esperan el siguiente concierto. Los objetivos ya no esperan el siguiente escenario. Todo vuelve a modo viaje.
La despedida silenciosa
No suelo hacer grandes despedidas. Nunca las he necesitado. Pero siempre hay un momento en el que miro por última vez la ciudad antes de salir. Y pienso exactamente lo mismo. Volveré. No sé cómo será la próxima edición. No sé qué bandas tocarán. No sé qué fotografías haré.
Pero volveré.
Porque después de ocho ediciones, Resurrection Fest ya forma parte de mi trayectoria profesional de una manera imposible de separar.
El regreso a Madrid
Las horas de carretera tienen algo especial después de un festival. No se parecen a las de la ida. Durante el viaje hacia Viveiro todo son expectativas. Ideas. Planes. Posibilidades. Durante la vuelta ocurre lo contrario.
Ahora viajas acompañado por recuerdos. Por imágenes. Por experiencias que ya han ocurrido. Y mientras los kilómetros pasan, la cabeza empieza a ordenar todo lo vivido durante la semana.
A veces recuerdo conciertos concretos. Otras veces pienso en fotografías que todavía no he revisado. En momentos que ocurrieron tan rápido que apenas tuve tiempo para procesarlos.
Porque una de las cosas más curiosas de cubrir festivales es que muchas veces entiendes realmente lo que has vivido cuando ya estás de vuelta en casa.

El silencio después del ruido
Quizá sea una de las cosas que más me gustan del viaje de regreso. El silencio. Después de cuatro días rodeado de música prácticamente constante, el silencio adquiere un valor diferente.
No porque necesites escapar del ruido. Sino porque ayuda a ordenar ideas. Durante el festival todo ocurre demasiado rápido. Las decisiones. Los desplazamientos. Los conciertos. Las fotografías. El domingo es la primera oportunidad real para reducir la velocidad.
Para analizar. Para mirar atrás. Y para entender todo lo que ha ocurrido.
Llegar a casa
Después de horas de carretera aparece una imagen familiar. Madrid. Y con ella, la sensación de que dos mundos vuelven a encontrarse. Porque aunque el Resurrection Fest forme parte de mi trabajo, siempre existe una diferencia enorme entre la vida dentro del festival y la vida fuera de él.
Al llegar a casa no hay tiempo para grandes celebraciones. Todavía quedan cosas por hacer.
El trabajo que nadie ve
Existe una parte de la fotografía musical que rara vez aparece en las redes sociales. No son los escenarios. No son los artistas. No son las fotografías terminadas. Es todo lo que ocurre después.
Descargar tarjetas. Organizar archivos. Hacer copias de seguridad. Clasificar material. Ordenar carpetas. Preparar flujos de trabajo. Y eso es exactamente lo que toca hacer cuando llego a casa.
Primero la ropa. Después el equipo. Cada cosa vuelve a su sitio. Y poco a poco la casa recupera la normalidad.

Descansar antes de volver a empezar
Después de una semana como esta, descansar deja de ser una opción. Se convierte en una necesidad. No hablo únicamente del cansancio físico. También del mental.
Durante varios días has tomado cientos de decisiones. Has mantenido la concentración durante horas. Has estado constantemente atento a lo que ocurría a tu alrededor. Y eso genera un desgaste que muchas veces pasa desapercibido.
Por eso siempre intento dedicar unas horas simplemente a parar. Sin pensar demasiado. Sin mirar horarios. Sin correr detrás de nada.
Revisar el último día
Y entonces llega uno de mis momentos favoritos. Abrir las fotografías del sábado. No todas. No una edición completa. Simplemente una primera revisión. Un primer contacto con las imágenes que todavía están frescas en la memoria.
Ahí empiezan a aparecer detalles que durante el festival habían pasado desapercibidos. Gestos. Miradas. Momentos concretos. Pequeñas historias escondidas dentro de miles de archivos.
Y es precisamente en ese instante cuando empiezo a entender realmente cómo ha sido esta edición del Resurrection Fest.

Una fecha especial esperando
Hay además un detalle curioso este año. Mientras estoy descargando fotografías y organizando material, sé que el calendario está a punto de marcar una fecha especial.
Porque el lunes 6 de julio es mi cumpleaños.
Y no puedo evitar pensar que existe cierta simbología en ello. Terminar una semana tan importante profesionalmente y encontrarme inmediatamente con el inicio de un nuevo año personal.
Casi como si una etapa diera paso a otra. No suelo ser una persona especialmente dada a las grandes reflexiones relacionadas con los cumpleaños. Pero este año la coincidencia me resulta llamativa.
Porque el Resurrection Fest suele marcar uno de los momentos más importantes de mi calendario anual.
Y apenas unas horas después llegará otro pequeño punto de referencia. Uno mucho más personal.
Ocho ediciones después
Mientras reviso fotografías, inevitablemente pienso en todo el camino recorrido. Desde aquella primera edición en 2018 hasta esta octava visita en 2026.
Han cambiado muchas cosas…
Mi forma de fotografiar. Mi forma de trabajar. Mi preparación física. Mi experiencia. Mi manera de entender la fotografía musical. Y sin embargo, hay algo que permanece. La ilusión de volver. La ilusión de documentar música en directo.
La ilusión de seguir construyendo historias a través de imágenes.
Cuando el festival termina de verdad
Hay un momento concreto en el que sé que el Resurrection Fest ha terminado. No ocurre en Viveiro. No ocurre delante de un escenario. No ocurre durante el último concierto. Ocurre delante de una pantalla.
Cuando reviso la última fotografía. Cuando hago la última copia de seguridad. Cuando las imágenes dejan de ser archivos pendientes y empiezan a convertirse en recuerdos.
Ahí es cuando termina realmente. No cuando se apagan las luces. No cuando abandona el recinto la última persona. No cuando acaba el último concierto.
Termina cuando una semana de música, kilómetros, trabajo, cansancio y emociones queda convertida en miles de fotografías.
Y entonces sí. El Resurrection Fest 2026 ya forma parte de la historia. Hasta el próximo verano.

—
Álvaro Carlier
Fotógrafo musical especializado en conciertos y giras