La calma antes del Resurrection Fest
Por Álvaro Carlier, fotógrafo musical
Hay un momento muy concreto que siempre me gusta en cualquier festival. No ocurre durante un concierto. No ocurre en el foso. No ocurre delante de un escenario. Ocurre justo antes de que todo empiece.
El martes previo al Resurrection Fest siempre tiene algo especial. Es una especie de pausa entre dos mundos. Ya no estoy en Madrid. Ya no estoy en mi rutina habitual. Pero tampoco ha comenzado el festival.
Es un día extraño. Porque después de meses de preparación, llamadas, correos, planificación, listas de equipo y organización, de repente no queda mucho más por hacer. Solo esperar.
Y aunque pueda parecer un día sin importancia dentro de una semana llena de conciertos, para mí se ha convertido en una parte fundamental de la experiencia.

Un día sin horarios
Durante los días de festival, el tiempo deja de funcionar de manera normal. Las horas pasan demasiado rápido. Los horarios mandan. Las bandas empiezan y terminan. Los escenarios cambian.
Las oportunidades aparecen y desaparecen en cuestión de segundos. Pero el martes es diferente. Por una vez, no hay ninguna banda que fotografiar. No hay acreditaciones que recoger.
No hay carreras entre escenarios. No hay que pensar en velocidades de obturación ni en tarjetas de memoria. Hay tiempo. Y precisamente por eso intento aprovecharlo. Porque sé que será el último día tranquilo antes de que empiece una semana muy exigente.
La última revisión del equipo
Aunque llevo meses preparando el Resurrection Fest, siempre hago una revisión completa del equipo el día anterior. No porque espere encontrar problemas. Precisamente porque espero no encontrarlos.
Las cámaras salen de la mochila. Las baterías vuelven a comprobarse. Las tarjetas se revisan una vez más. Los objetivos vuelven a pasar por mis manos. No es un gesto técnico. Es casi un ritual.
Después de tantos años cubriendo festivales, he aprendido que la confianza en el equipo es tan importante como el propio equipo. Cuando empiece el festival no quiero pensar en cámaras. Quiero pensar en imágenes. Y para eso necesito saber que todo está listo.
Construir la mochila definitiva
Hay algo curioso en la fotografía musical. La mochila perfecta no existe. Cada concierto pide algo diferente. Cada escenario plantea situaciones distintas. Cada banda genera necesidades concretas.
Por eso el martes termino de definir exactamente qué llevaré conmigo durante los próximos días. No se trata de meter todo el equipo posible. Al contrario. Se trata de encontrar equilibrio.
Suficiente material para responder a cualquier situación, pero sin cargar más peso del necesario. Después de ocho ediciones del Resurrection Fest he aprendido que una mochila demasiado pesada termina pasando factura. Y el cansancio acumulado aparece mucho antes de lo que uno imagina.

Pensar en bandas desde una perspectiva diferente
A estas alturas ya conozco el cartel prácticamente de memoria. Sé qué bandas tocarán cada día. Sé qué conciertos tienen prioridad. Sé cuáles pueden ofrecer grandes oportunidades fotográficas.
Pero el martes intento observar el cartel desde otra perspectiva. No pienso en cabezas de cartel. Pienso en posibilidades. Pienso en cómo puede ser fotografiar a Iron Maiden. Pienso en la intensidad que puede generar Limp Bizkit. Pienso en la puesta en escena de Marilyn Manson. Pienso en la potencia visual que pueden aportar Mastodon o Sabaton.
Pero también pienso en bandas que probablemente no aparezcan en todos los resúmenes del festival. Grupos como President, Dying Wish, Blood Incantation, House Of Protection, Lionheart o Converge.
Porque muchas veces son precisamente esos conciertos los que terminan ofreciendo las imágenes más interesantes.
Un paseo por Viveiro
Después de tantos años, uno de mis momentos favoritos sigue siendo caminar por Viveiro el día antes del festival. La ciudad todavía mantiene cierta calma. Todavía se puede caminar sin prisas.
Todavía se puede observar. Y poco a poco empiezan a aparecer señales de lo que está por venir.
Más camisetas negras. Más mochilas. Más gente llegando. Más actividad. No hace falta que haya música para saber que el Resurrection Fest está cerca. Se percibe en el ambiente.
Ver cómo todo se transforma
Lo interesante es que el cambio no sucede de golpe. Ocurre gradualmente. Un camión descargando material. Un grupo de asistentes llegando con maletas. Trabajadores ultimando detalles.
Pequeños movimientos que, por separado, parecen insignificantes. Pero juntos construyen la sensación de que algo importante está a punto de comenzar. Como fotógrafo, me gusta observar esos momentos.
Porque también forman parte de la historia. El festival no nace el miércoles. Se construye poco a poco durante los días previos.
La importancia de parar
Durante gran parte del año vivo rodeado de actividad. Conciertos. Festivales. Ediciones. Entregas. Viajes. Por eso valoro especialmente la tranquilidad del martes. No porque esté descansando, sino porque estoy cargando energía.
Sé perfectamente lo que me espera. Sé los kilómetros que voy a caminar. Sé las horas que pasaré de pie. Sé el esfuerzo físico que supone cubrir cuatro días completos de festival.
Por eso intento llegar al miércoles con la mente despejada. Porque el desgaste no empieza en las piernas. Empieza en la cabeza.
Ocho años después
A veces, mientras paseo por Viveiro, pienso en la primera vez que vine. Era un fotógrafo diferente. Tenía otras preocupaciones. Otra experiencia. Otra forma de trabajar.
Con los años he aprendido muchas cosas. He mejorado técnicamente. He aprendido a moverme dentro de los festivales. He entendido mejor cómo gestionar la presión. Pero también he descubierto algo importante, la experiencia no elimina los nervios. Simplemente los transforma.
Sigo sintiendo ilusión antes de cada edición. Sigo sintiendo curiosidad. Sigo preguntándome qué fotografías conseguiré. Y eso me parece una buena señal.
Lo que todavía no sé
Hay algo fascinante en la víspera de un festival. Todavía no sabes qué va a ocurrir. Puedes planificar. Puedes estudiar horarios. Puedes analizar escenarios. Pero la realidad siempre encuentra una forma de sorprenderte.
Quizá la mejor fotografía de la semana llegue durante un concierto que todavía no considero prioritario. Quizá un momento inesperado termine convirtiéndose en una de las imágenes más importantes del festival.
Quizá una banda que apenas conozco acabe siendo una de las grandes sorpresas de la edición. Y eso es precisamente lo que hace interesante este trabajo.
La última noche antes de empezar
Cuando termina el martes, aparece una sensación muy concreta. La espera ha terminado. Todavía no ha empezado el festival. Pero ya se puede sentir. Las cámaras están preparadas. Las baterías están cargadas. La mochila está lista. Los horarios están estudiados.
Ya no queda nada más que revisar. Nada más que preparar. Nada más que organizar. Solo dormir. Porque al día siguiente recogeré la acreditación. Volveré a cruzar la entrada del recinto. Volveré a entrar en el foso. Y comenzará mi octava edición del Resurrection Fest.
Conclusión
Desde fuera, el día previo al Resurrection Fest puede parecer irrelevante. No hay conciertos. No hay fotografías espectaculares. No hay titulares. Pero para mí es uno de los días más importantes de toda la semana.
Es el momento en el que todo se ordena. El momento en el que la preparación deja paso a la acción. El momento en el que puedes mirar el festival desde la distancia por última vez antes de sumergirte completamente en él.
Porque una vez llegue el miércoles, el tiempo empezará a correr de otra manera. Y ya no habrá espacio para la calma. Por eso disfruto tanto de este día.
Porque es la última oportunidad de escuchar el silencio antes de cuatro días de ruido, luces y miles de personas compartiendo una misma pasión por la música.

—
Álvaro Carlier
Fotógrafo musical especializado en conciertos y giras